martes, 2 de junio de 2009

LOS ANIMALES FANTÁSTICOS DEL APOCALIPSIS








LOS ANIMALES FANTASTICOS DEL APOCALIPSIS.



“Quitar el velo”, “re-velar” es lo que significa la palabra griega Apocalipsis. El velo oculta, pero a la vez es la pantalla donde se proyectan las imágenes del Misterio Supremo. El Apocalipsis es el fin del mundo; no el final de la historia o de un tiempo futuro sino la finalidad que tiene en sí mismo cada uno de los instantes de la historia, el Ahora eterno del mundo sagrado. Por esto, las imágenes del Apocalipsis son símbolos, su “estilo” está en las antípodas del llamado realismo y sus animales, de los que voy a hablar, son todos fantásticos, incluso aquellos que, por su apariencia, parecen iguales a los del mundo sensible.
A finales del siglo I, cuando este libro fue escrito por San Juan, el Imperio Romano, al querer absolutizar lo relativo, oprimía la libertad de espíritu de los cristianos que concebían lo Absoluto por encima de lo relativo. De hecho, todo poder político meramente “mundano” tiende a fomentar, de una forma u otra, que lo relativo es absoluto, bien por absolutizar cosas relativas, bien por afirmar el contrasentido de que sólo lo relativo es absoluto. La negación explícita de lo Absoluto es otro contrasentido lógico que sólo se ha dado en algunas ideologías modernas. Por esto, si bien el Apocalipsis responde a una situación histórica concreta, tiene un valor simbólico universal. Esto explica que, aunque me centre en el texto del Apocalipsis, no me limite sólo a él, sino que incluya la interpretación de algunos Padres y teólogos así como las ilustraciones plásticas siempre que respondan al carácter sacro del texto, tal como se da en el arte paleocristiano, bizantino, mozárabe, románico, etc. advirtiendo, además, que buena parte del pensamiento y el arte cristianos están impregnados de imágenes y símbolos apocalípticos que han rebasado la mención explícita al texto de San Juan. Tal es el caso, para los animales, del Cordero de Dios y del Tetramorfo, esto es, de visiones con sentido positivo o divino, mientras que los animales anticrísticos o diabólicos - la Bestia, el Dragón, las langostas, etc., mucho menos representados - acostumbran a tener una referencia más limitada al Apocalipsis y a sus ilustraciones directas, entre los que cabe destacar el conjunto de volúmenes ilustrados entre los siglos IX y XIII del Comentario al Apocalipsis de Beato de Liébana, monje astur del siglo VIII que defendía la divinidad de Jesucristo frente a la herejía adopcionista, variante del arrianismo. Beato destacó el sentido simbólico y espiritual del Apocalipsis y el carácter sagrado que le dio queda plasmado en las miniaturas de los veintidós códices miniados de los treinta y dos ejemplares de “beatos” que se han conservado. Pero se ha de recordar que, salvo las representaciones del infierno, la mayoría de los monstruos y dragones de la Alta Edad Media tienen un carácter más propiamente iniciático que diabólico.
Finalmente, no se debe olvidar el carácter litúrgico que tuvo tanto el propia libro del Apocalipsis como los códices y en general el arte que en él se inspiró.

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EL TETRAMORFO
En el capítulo 4, Juan tiene una visión en la que ve: “Uno sentado en el trono”.
“Delante del trono había como un mar transparente semejante al cristal. En medio del trono, y en torno al trono, cuatro Vivientes llenos de ojos por delante y por detrás. El primer Viviente, como un león; el segundo Viviente, como un novillo; el tercer Viviente tiene un rostro como de hombre; el cuarto Viviente es como un águila en vuelo. Los cuatro Vivientes tienen cada uno seis alas, están llenos de ojos todo alrededor y por dentro...” (4, 6-8)
[1].
Los cuatro Vivientes aparecen en otros lugares del Apocalipsis pero es aquí donde se los describe. Están inspiradas en la visión del libro de Ezequiel 1, 5-14 y 10 aunque aquí la imagen está simplificada. Como indica Champeaux
[2] no se trata de unas imágenes plásticamente coherentes sino de un conjunto de símbolos con valor cósmico que representa el orden circular celeste con los Cuatro Puntos Cardinales girando en torno al Centro divino. También corresponde a los Cuatro Vientos y a las Cuatro Estaciones y llevan alas como cuatro ángeles. La expresión, un tanto extraña, de “en medio del trono y en torno al trono” quizá se pueda entender como que participan del trono divino “erigido en el cielo” (4, 2), esto es, de la manifestación espiritual, mientras que “en torno al trono” correspondería a la manifestación formal que irradia de la primera, y simboliza, por tanto, el conjunto del Universo girando en torno al Centro.
Los cuatro seres, león, toro, hombre y águila, simbolizan, respectivamente, lo más noble, fuerte, sabio y elevado de la Creación que aquí deben ser también entendidos como atributos divinos. Los múltiples ojos son imágenes de la omnisciencia divina y las alas lo son de la instantaniedad, de elevación espiritual y comunicación entre los niveles celestial y terrenal. El número seis de estas alas no se inspira en Ezequiel sino en Isaías 6,2 y corresponde a la perfección (tres) de la manifestación (dos) y, por ello mismo, a las seis direcciones del espacio y a los seis días de la Creación.
San Irineo vio en el Tetramorfo la manifestación universal de Dios y lo identificó con la expansión del Centro (Cristo) a los Cuatro Puntos Cardinales, simbolizando también la difusión del Evangelio a las cuatro esquinas del mundo e identificando cada animal del Tetramorfo con un evangelista: el hombre-ángel con San Mateo, el león con San Marcos, el toro con San Lucas y el águila con San Juan. Para San Jerónimo y quienes le siguieron, cada Viviente se relaciona con un aspecto de Cristo. el hombre representa la Encarnación, el toro-buey la Pasión, el león la Resurrección y el águila la Ascensión. Estas y otras analogías fueron desarrolladas en la Edad Media por Rabano Mauro, Raúl Glaber, Herrade de Landsberg, etc.
[3] Beato de Liébana dice que se llaman vivientes porque el Evangelio se predica para la vida del hombre; los ojos por dentro y por fuera se refieren a la predicación oculta de los profetas y a la abierta del Nuevo Testamento; las seis alas que les cubren rostro y pies hacen referencia a que los evangelios estaban veladas hasta la venida de Cristo. El león es la fortaleza, el novillo el sacrificio, el hombre a la humildad de Dios que se presenta en forma humana y el vuelo del águila la contemplación.[4]
Las representaciones iconográficas son variadas y abundantísimas. Ya en el baptisterio de San Juan in Fonte de Nápoles (s. IV) y Santa Prudenciana de Roma (s. V) tiene un claro sentido cósmico destacando por su belleza la de la cúpula del mausoleo de Gala Placidia en Ravena donde, con brillantes mosaicos, los cuatro animales, en oro, se sitúan en las cuatro esquinas de un cielo azul noche intenso con cruz una triunfante en el centro rodeada de círculos de doradas estrellas. Generalmente aparecen rodeando una imagen del Centro, sea el Pantocrátor, la Virgen y el Niño, el crucifijo, el Cordero místico, la Mano divina, etc. encontrándose en las miniaturas irlandesas de los libros de Kells y Darrow, los beatos mozárabes, las miniaturas y pinturas al fresco carolingias, en esculturas, murales y orfebrería románicos y góticos, etc. Algunas veces, como en los beatos, están los animales representados sobre una rueda con radios en forma de esvástica para indicar el sentido circular que tienen, mientras que, por ejemplo, en varios evangeliarios carolingios se ven los evangelistas escribiendo y encima cada uno de ellos un animal Viviente sosteniendo el libro abierto arquetípico, fuente de inspiración divina que recibe el evangelista terrestre que está mirando hacia arriba con lo que se nos indica que la representación del Tetramorfo no se identifica con la de los evangelistas “históricos” sino que corresponde a un plano superior. Sin citar más ejemplos concretos, sólo cabe destacar que en la Edad Media el Tetramorfo fue un símbolo fundamental de su cosmovisión sagrada

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EL CORDERO DE DIOS
Por su sentido central y fundamental, el Cordero de Dios tiene más importancia que el Tetramorfo. En el texto de Apocalipsis aparece unas treinta veces de las cuales sólo comentaré las que crea más significativas.
Nos encontramos en el momento en que no se encuentra a nadie que pueda abrir el libro sellado con siete sellos, pero uno de los Ancianos anuncia que “ha triunfado el león de la tribu de Judá, el retoño de David” que podrá abrir los siete sellos del libro.
“Entonces vi, de pie, en medio del trono y de los cuatro Vivientes y de los Ancianos, un Cordero como degollado; tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete Espíritus de Dios, enviados a toda la tierra.” (5, 6).
El Cordero es alabado porque “fuiste degollado y compraste para Dios con tu sangre hombres de toda raza...” (5, 9) y abre los siete sellos. Uno de los Ancianos aclara a Juan quien es la muchedumbre con vestidos blancos y palmas en la mano:
“Estos son los que vienen de la gran tribulación. Han lavado sus vestiduras y los han blanqueado con la sangre del Cordero. ... Ya no tendrán hambre ni sed... Porque el Cordero que está en medio del trono los apacentará y los guiará a los manantiales de las aguas de la vida. (7, 14 y 17).
Como se puede ver, el Cordero del Apocalipsis, evidente símbolo de Cristo, es la imagen de la paradoja y la inversión simbólica.
[5] Quien es un león aparece como cordero, quien está vivo aparece como degollado; estando en el trono de Dios dando su Vida (la de Dios mismo) compra para sí mismo la vida de los hombres; su sangre no mancha sino que blanquea (mención al texto de Isaías 1, 18 “Así fueran vuestros pecados como la grana, cual la nieve quedarán. Y así fueran rojos como el carmesí, cual la lana quedarán”). Por fin, el Cordero (pasivo) es, en realidad, un pastor (activo). Las imágenes aparentes del mundo terrestre son sólo la inversión de la realidad espiritual o celeste. El sacrificio del Cordero es el triunfo del león fuerte, imagen de Dios que purifica y guía a los hombres a Sí Mismo. Sus siete cuernos simbolizan el poder y la luz en su totalidad y sus siete ojos, el conocimiento. Con ellos, Cristo está presente en las siete iglesias, es decir, en la totalidad de la Iglesia formada por el conjunto de las iglesias locales.
En 14, 1-4 vemos al Cordero sobre el monte Sión, una imagen del Centro del mundo donde se unen el Cielo y la Tierra y se da la inversión simbólica, tal como dice Schneider
[6]. El cántico que los ciento cuarenta y cuatro mil (12 x 12 x 1000, la totalidad de la humanidad como manifestación) entonan en su honor sólo puede ser aprendido por “los que no se manchan con mujeres, pues son vírgenes”, esto es, por los que no se han prostituido con los valores del mundo y por esto son divinizados, “puros, sin tacha”, como el Cordero sacrificado a Dios; pero si son así no es por sus propios méritos sino porque sus pecados han sido lavados por la sangre del Cordero, pues éste, símbolo del sacrificio divino es, a la vez, el sacrificador, el sacrificio y aquel a quien se sacrifica.[7]
En 17, 14, diez reyes están dispuestos a entregar el poder a la Bestia: “Estos harán la guerra al Cordero, pero el Cordero, como es Señor de Señores y Rey de Reyes, los vencerá en unión con los suyos”. De nuevo, la víctima del sacrificio es el vencedor y todos los que participan en Él tienen el poder de vencer a la Bestia.
En 19, 7-9, tras la victoria sobre la Gran Prostituta,
“...han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado y se le ha concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura - el lino son las buenas acciones de los santos - ...dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero.”
Finalmente, en el capítulo 21, el Angel muestra como la Esposa del Cordero es la Ciudad Santa de Jerusalén bajada del cielo;
“La muralla de la Ciudad se asienta sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce Apóstoles del Cordero. (21, 14). La ciudad no necesita ni de sol ni de luna que la alumbres, porque la ilumina la gloria de Dios y su lámpara es el Cordero. (21, 23). Nada profano entrará en ella... sino solamente los inscritos en el libro de la vida del Cordero. (21, 27). Luego me mostró un río de agua de Vida... que brotaba del trono de Dios y del Cordero.” (22, 1).
Las bodas del Cordero y de la Jerusalén celeste simbolizan la unión mística de Cristo con la Iglesia de los santos o espiritual. Recordemos que el vestido de lino de la novia, sus buenas obras, ha sido blanqueado por el sacrificio del Esposo, es decir, la unión del hombre con Dios, el estado divinizado, no se logra por los méritos y el esfuerzo humano sino porque Dios, al revelarse a los hombres, se ha sacrificado, Por esto, la Esposa-Iglesia baja de junto a Dios, sus doce pilares son los Apóstoles. y su luz no es la externa sino la luz interna, espiritual, de la Gloria de Dios cuya lámpara que es lo que la hace visible es el Cordero. Y la Iglesia visible es la manifestación de esta Iglesia espiritual, si se quiere, su prefiguración, que, como tal Iglesia visible, no puede alcanzar el estado de perfección de aquella en la que todo es sagrado, todo participa de lo divino. Pues lo profano es lo abominable, la mentira fundamental, la cual consiste en afirmar que haya algo separado o distinto de lo divino: A diferencia del mundo de las apariencias, en la Ciudad divina sólo penetran los inscritos en el libro de la Vida del Cordero, lo vivificado por la sangre de su sacrificio. El río de agua de Vida hace mención al Génesis e indica que esta nueva Jerusalén es el Paraíso recobrado gracias al sacrificio del Cordero pues esta agua que da Vida es la sangre del Cordero.
Los Padres y teólogos relacionan muchas veces el Cordero apocalíptico con otros textos bíblicos en que también aparece el cordero o la oveja, principalmente el sacrificio del cordero pascual por el pueblo judío que conmemora su liberación de Egipto y que culmina en el Viernes Santo con el sacrificio de Cristo-Cordero predestinado desde la Creación del mundo a liberar la humanidad tal como dice I Pedro l, 18-20 y cuya presencia anuncia Juan el Bautista “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”
[8].
Para Beato de Liébana, el Cordero es “no matado sino como degollado, es decir, que venció la muerte y superó la Pasión”. Los siete cuernos son la fuerza y el poder de Cristo, siendo el siete la duración del mundo que el gobierna y los siete ojos son los siete grados de los dones del Espíritu Santo. En 14, 1-4 dice que Sión es la Iglesia sobre la que está de pié porque lucha. Y en 17, 8-9, afirma que si el Cordero es Cristo, la esposa es la Iglesia con la que se une después del día del juicio.
[9]
En el campo de la obra de arte resulta muchas veces difícil discernir cuando el Cordero se refiere al Apocalipsis y cuando a otros textos bíblicos, debido principalmente a que muy raramente aparece representado exactamente según Apocalipsis 5,6, como degollado, con siete cuernos y siete ojos. En el arte paleocristiano se representaba poco a Cristo sobre la cruz o con rostro humano (salvo en alegorías cono el Buen Pastor) y más a menudo como cordero u oveja, con aspecto apacible y de víctima inocente. Entre los siglos VI al X, varios Concilios recomiendan la figura humana en lugar del cordero; pero es precisamente a partir de entonces en que, cuando se representa el cordero, adquiere un carácter más apocalíptico por su aspecto triunfal. Así, en varios beatos le vemos blanco sobre un fondo rojo (correspondiendo así al “como degollado” del texto), rodeado de estrellas y con la cruz de la Resurrección como estandarte. A veces, el Cordero sostiene con sus patas el Libro sellado o el Arca de la Alianza y otras muchas lleva cuernos, siendo raros los ejemplares con siete cuernos y siete ojos. Versión muy literal del texto (con siete ojos, siete cuernos y el Libro sellado con siete sellos) es el del beato de la Academia de Historia de Madrid; y en el mural del arco preabsidial de Sant Climent de Taüll tiene siete ojos. Como símbolo de la lámpara de la Ciudad divina, el Cordero presidía muchas veces la entrada al templo románico[10] y su sentido simbólico era plenamente comprendido como lo demuestra el epígrafe que rodea el Agnus Dei de Armentía (España): “Mors, ego sum mortis. Vocor Agnus sum Leo fortis” (Yo soy la muerte de la muerte. Me llaman cordero, soy un león fuerte).[11]

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EL DRAGON
En el cielo aparece una mujer encinta vestida de Sol. En ella se ha visto a la Iglesia, a la Virgen María o al alma pura. Tiene su origen en Isaías 66, 7-8 donde se refiere a Sión como imagen del pueblo de Dios. Sea lo que sea, está dispuesta a dar a luz al divino Hijo. Entonces:
“Y apareció otra señal en el cielo: un gran Dragón rojo con siete cabezas y siete cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas. Su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las precipitó sobre la tierra. El Dragón se detuvo delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a sus Hijo en cuanto lo diera a luz.” (12, 3-4).
Pero el Hijo nacido fue arrebatado hasta el trono de Dios.
“Entonces se entabló una batalla en el cielo. Miguel y sus Angeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus Angeles combatieron pero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos. Y fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus Angeles fueron arrojados con él” (12, 7-9).
Este Dragón acusa a los hermanos delante de Dios pero es vencido gracias a la sangre del Cordero.
“Cuando el Dragón vio que había sido arrojado a la tierra, persiguió a la Mujer. Pero se le dieron a la Mujer las dos alas del águila grande para volar al desierto... Entonces el Dragón vomitó de sus fauces como un río de agua, detrás de la Mujer, para arrastrarla con su corriente. Pero la tierra vino en auxilio de la Mujer; abrió la tierra su boca y tragó el río vomitado por las fauces del Dragón. Entonces, despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos...” (12, 13-17).
Toda esta escena ocurre en el cielo, símbolo del dominio espiritual. Ninguna duda queda sobre quien es el Dragón, la Serpiente antigua (del Génesis), el Diablo (dia-bolos = la mentira), el seductor del mundo, “el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de Dios” (v. 10); y es, por lo tanto, todo lo contrario del Cordero que, al lavar con su sangre, purifica y dis-culpa. El rojo de este Dragón es el de la sangre vengativa y pasional, que no purifica sino que mancha porque, a la inversa de la del Cordero, no es la del autosacrificio. Aquí también hay inversión simbólica; sus siete cabezas son la totalidad del estado espiritual pero en su aspecto devorador y destructor, negativo y, por tanto, la totalidad caótica. Los diez cuernos son el poder de alzarse contra el cielo y las diez diademas, los poderes que le corresponden como “príncipe de este mundo”, el infernal. La cola, el poder inconsciente que, como tal, no se capta, pero que arrastra un tercio de las estrellas, el aspecto inferior de las potencias que dejan de ser celestes para devenir, como inconscientes que son, infernales. Este mismo parece ser el sentido de la corriente de agua con que intenta ahogar a la Mujer, pero que la tierra, el elemento formal que todo lo devora con la muerte, hace desaparecer.
Beato de Liébana indica que la señal en el cielo se refiere a la Iglesia y como este dragón rojo, el Diablo, también es una señal en el cielo, significa que dentro de la misma Iglesia conviven la confesión y el misterio de la iniquidad que lucha con devorar al hijo de la propia Iglesia, Cristo. Las siete cabezas y las siete coronas son los reyes y los reinos del Anticristo. Como para Beato, el Cielo del Apocalipsis significa la Iglesia, la cola que arrastra la tercera parte de las estrellas son los profetas inicuos y los predicadores mentirosos que precipitan a la tierra, a la perdición, los que parecían santos que brillaban por su justicia.
[12] Es una manera muy realista de interpretar una escena tan fantástica que decepciona a más de un estudioso que observa estos textos de Beato. Pero, ¿donde se deben aplicar estos textos, sino es a la vida de cada día? Las “fantasías” de los mitos no se refieren a otro mundo imaginario al que uno pueda evadirse en otro lugar, otra vida o al final de la historia, sino que dan un sentido más profundo, sagrado, a la propia existencia. Por esto, también la tierra son los hombres carnales y si la serpiente es el diablo, sus ángeles “son los hombres malos y los espíritus inmundos.[13]
Tras la aparición de las bestias, aparece por última vez, en el capítulo 20, el Dragón-Diablo.
“Luego vi a un Angel que bajaba del cielo y tenía en su mano la llave del Abismo y una gran cadena. Dominó al Dragón, la Serpiente Antigua - que es el Diablo y Satanás - y lo encadenó por mil años. Le arrojó al Abismo, lo encerró y puso encima los sellos, para que no seduzca más a las naciones hasta que se cumplan los mil años. Después tiene que ser soltado por poco tiempo. (20, 1-3)... Cuando se terminen los mil años, será soltado Satanás de su prisión y saldrá a seducir a las naciones... (20, 7).
El Dragón ya no sale más sino sólo el Diablo o Satanás. La identificación es total. Los mil años es un número simbólico que indica una totalidad temporal. De alguna manera significa el reinado de Cristo sobre los hombres lo que no debe ser entendido en un sentido triunfalista o como ausencia de pecado. Además, este estado no es definitivo; el Diablo será de nuevo soltado (con permiso divino, se supone) para seducir antes ser arrojado definitivamente al lago de fuego. Sólo el cielo puede vencerlo definitivamente.
En la plástica, cabe destacar las fantásticas y fascinantes representaciones del Dragón-Diablo como serpiente de siete cabezas generalmente de color rojo y ocupando doble página en los beatos. Pero esta clara identificación del Dragón con el Diablo en el Apocalipsis no se da en otros textos ni mucho menos en la iconografía donde el dragón puede tener un sentido iniciático y hasta (aunque ello no sea corriente) angélico.

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LA BESTIA
La aparición de la Bestia se anuncia en 11,7, 13, 1ss. 13,11ss. y 17,3ss. pero, en realidad, el texto apocalíptico habla de tres bestias distintas. A la primera: “el Dragón le dio su poder y su trono y gran poderío” (13,B); la segunda: “ejerció el poder de la primera Bestia, en servicio de ésta, haciendo que la tierra y sus habitantes adoren a la primera Bestia” (13,12); y la tercera: “Y vi una mujer sentada sobre una Bestia de color escarlata” (17,3) que es la montura de la Gran Ramera. Pueden considerarse como tres manifestaciones de la misma Bestia primordial que es el poder efectivo del Dragón como símbolo del Diablo, pues en el resumen final de 20,4 y 7-11 parece referirse a una sola Bestia. Por esto, aunque tengan atributos distintos, las analizaré correlativa pero conjuntamente.
“Y vi surgir del mar una Bestia que tenía diez cuernos, y siete cabezas y en sus cuernos diez diademas, y en sus cabezas títulos blasfemos. La Bestia que vi se parecía a un leopardo, con sus patas como de oso, y las fauces como fauces de león” (13, 1s.).
Surge del mar, del subconsciente, de lo caótico, de la confusión (inconsciente) de lo inferior con lo superior. Tiene igual número de cabezas y cuernos que el Dragón, pero diez diademas en lugar de siete pues aquí coronan los cuernos, esto es, el poder que recibe del dragón. El diez debe hacer mención a la multiplicidad de la Unidad, sus diademas, a la pseudo-realeza. En oposición a los siete cuernos del Cordero, estos tienen un sentido maléfico, de orgullo contra Dios. Las siete cabezas con títulos blasfemos recuerdan las de la hidra de la mitología griega que siempre renacían cuando se las cortaban pues la represión no implica superación. Los títulos son blasfemos por falsos pues van contra la esencia divina. Se parece al leopardo porque ataca y devora y sus patas son de oso pues este animal representa el subconsciente y son, por tanto, el subconsciente desgarrante y también lo instintivo que repite imitando los pasos del hombre creado a imagen de Dios pero sin vivir como tal en su esencia. Las fauces de león indican su aspecto devorador y mortífero. Para Beato de Liébana, la bestia, el abismo de donde surge y el mar son lo mismo: la forma con que el diablo pasa por el mundo nunca es como un hombre sino como una bestia, que no está en ninguna parte concreta sino en todo el mundo.
[14]
“Una de sus cabezas parecía herida de muerte, pero su herida mortal se le curó; entonces la tierra entera siguió maravillada a la Bestia. Y se postraron ante el Dragón, porque había dado poderío a la Bestia, y se postraron ante la Bestia diciendo: “¿Quién como la Bestia? ¿Y quién puede luchar contra ella?” Le fue dada una boca que profería grandezas y blasfemias, y se le dio poder de actuar durante cuarenta y dos meses; y ella abrió su boca para blasfemar contra Dios: para blasfemar de su nombre y de su morada y de los que moran en el cielo. Se le concedió hacer la guerra a los santos y vencerlos; se le concedió poderío sobre toda raza, pueblo, lengua y nación. Y la adoraron todos los habitantes de la tierra cuyo nombre no está escrito, desde la creación del mundo, en el libro de la vida del Cordero degollado.” (13, 3-8).
La cabeza herida y milagrosamente curada es una parodia de Cristo y la frase “¿Quién como la Bestia? lo es de Miguel que en 18, 7 lucha contra el Dragón y cuyo nombre significa “¿Quién como Dios?” Esta Bestia, en efecto, tiene un gran poder: el de morir y resucitar, el de hacer maravillas que a la gente le parecen milagros y que no son más que poderes procedentes de lo infrahumano y diabólico. En efecto, la tradición ha visto en la Bestia el Anticristo con sus portentos: la magia negra y la técnica que tanto deslumbran al hombre. Esta Bestia “profiere grandezas y blasfemias” que es el orgullo de querer ser como Dios, esto es, el pecado original. Según 13, 2, el Dragón da el poder a la Bestia. El poder le fue otorgado durante cuarenta y dos meses, el mismo tiempo de 11,2, mil doscientos sesenta días de ll,3, el mismo tiempo de 12,6 y el “un tiempo, (dos) tiempos y medio tiempo” de 12,64 y que equivalen a tres años y medio. Esta duración proviene del libro de Daniel 7,25; 8,14. y 12,7 y hace referencia a media semana de años, simbólicamente el tiempo de la persecución por Babilonia en el Antiguo Testamento y por Roma en el Nuevo. Esto es, si el siete es en el mundo bíblico el número de perfección y culminación (recuérdese los siete años del Jubileo), tres y medio es su mitad, la imperfección y lo inacabado, el aspecto inferior, terrenal, del Tiempo que tiene así como dos aspectos: la Eternidad (celeste) y la duración terrenal que deviene infernal si se cree autosuficiente. Este es, todo tiempo terrestre es tiempo de iniciación, de persecución y, por tanto, tiempo de triunfo aparente del mal en el que la Bestia vence a los Santos que son los que moran, ya ahora incoadamente, en el Cielo. En la tierra vence lo terrenal y por esto los nombres de sus habitantes no están inscritos desde la creación del mundo, es decir, desde que hay duración, en el libro de la Vida ya que lo terrestre es lo que pertenece por antonomasia al dominio de la muerte. En el Cielo, en el dominio espiritual, el Dragón es vencido, pero en la Tierra, lo caduco, la Bestia es vencedora. La Tierra es, en el Apocalipsis, el reino de la Bestia y su poder es el de la idolatría, pues ella es el ídolo, la mentira por excelencia, la negación de lo superior, la confusión de lo caduco con lo perenne, de lo falso con lo verdadero. Se parece a Cristo, es el simio de Dios, la imagen sin simbolizado. Por esto, emerge del mar, del subconsciente.
La segunda Bestia (13, 11ss.) surge de la tierra. Ya no es el subconsciente sino el materialismo que “ejerce todo el poder de la primera Bestia, en servicio de ésta, haciendo que la tierra y todos sus habitantes adoren a la primera Bestia”. Es una especie de lugarteniente de lo diabólico subconsciente aunque pertenece al ámbito de la razón (lo terrestre). Por esto “tenía dos cuernos como de cordero”, es decir, el aspecto de su poder era pacífico “pero hablaba como una serpiente” lo que significa que lo que sale de su interior, lo que dice, es diabólico. A pesar de ser una esclava de la primera Bestia “realiza grandes señales hasta hacer bajar ante la gente fuego del cielo”. El fuego celeste es el Juicio divino que extermina lo inauténtico, pero esta segunda Bestia, que puede ser entendida como el poder del Estado, el romano o el moderno, se atreve a hacer una señal que sólo a Dios corresponde: juzgar a los hombres y condenarlos. Dice el Apocalipsis:
“A los habitantes de la tierra que hagan una estatua en honor a la Bestia que, teniendo la herida de la espada, revivió. le concedió infundir el aliento a la imagen de la Bestia, de suerte que pudiera incluso hablar la imagen de la Bestia y hacer que fueran exterminados cuantos no adoraran la imagen de la Bestia.”
Esta narración es un antecedente del Golem cabalístico, del hombre que, queriendo imitar a Dios, da vida a una estatua técnicamente perfecta, pero que es sólo un simio del Hombre Verdadero creado a imagen de Dios. Cuantos no rindan culto a este simio del hombre, a este ser diabólico, serán exterminados. Por esto, la segunda Bestia
“hace que todos grandes y pequeños, ricos y pobres, libres y esclavos, se hagan una marca en la mano derecha o en la frente, y que nadie pueda comprar nada ni vender, sino el que lleve la marca con el nombre de la Bestia o con la cifra de su nombre.”
Todo Estado, el romano o el actual, es, en su base misma, totalitario; lo quiere controlar todo. Nadie puede adquirir o desprenderse de nada sino es pagando con la moneda del Estado. A nosotros, a diferencia de los esclavos de ciertas épocas, no se nos obliga a ir con la marca de nuestro propietario en la frente (la señal que llevan los escogidos del Cordero es una mención a la que habitualmente llevaban los esclavos o también los cristianos en las persecuciones de Decio y Diocleciano), pero no sólo etiquetamos productos, plantas y animales sino que todos tenemos que tener nuestro carnet de identidad, lo que significa que compramos nuestra seguridad y nuestra comodidad a cambio de nuestra libertad de Hijos de Dios. Somos nosotros mismos quienes promovemos la Bestia y el Estado que nos prostituye es el fruto de nuestra indiferencia. Pero si en los siglos de la Alta Edad Media no había estado; no por esto Beato arremete con menos dureza. Solo que para él la Bestia está dentro de la propia Iglesia. Son los que dicen servir a Dios y sirven los poderes de este mundo, los hipócritas.
A continuación vienen las palabras misteriosas:
“¡Aquí está la sabiduría! Que el inteligente calcule la cifra de la Bestia; pues es la cifra de un hombre. Su cifra es 666.” (13, 18).
De lo primero que hay que guardarse es de la creencia de que nada que quiera ser verdaderamente “esotérico” se anuncia a bombo y platillo como aquí en donde sencillamente se desea llamar la atención sobre algo que si se dijese llanamente o fuese un símbolo verdaderamente esotérico pasaría desapercibido. Hay un afán de provocación a la censura estatal del Imperio ya que, como dice G. Jouven al hablar del significado de este número,
[15] la gematría - que consiste en adivinar un nombre a partir del valor numérico de sus letras en griego o hebreo - era una práctica común en la Antigüedad. Esta “cifra de hombre” se refiere a “Nerón Cesar” en letras hebreas y “Nerón dios” en griego y debía ser un secreto a gritos y lo provocativo era un texto que se autosituaba en una clandestinidad deseada y buscada. Así, este versículo poco tendría de esotérico y mucho de político. Pero resulta un tanto simplista que un texto con la profundidad teológica-simbólica de éste reduzca la manifestación del espíritu del mal a un mero personaje histórico como el fatuo Nerón, por más aberraciones personales y sociales que cometiera y por muchos cristianos que hiciera matar. Él podía ser la manifestación del mal a nivel histórico pero en realidad, el esoterismo está a partir de aquí, en el significado de esta Bestia-666-Nerón.
Según el texto, esta segunda Bestia está al servicio de la primera: el Anticristo. La analogía está en que así como el Anticristo tiene sus siervos, La Bestia-Nerón puesta al servicio de la idolatría también tiene sus siervos que ejecutan sus órdenes cometiendo idolatría. Pues el número 666, además de referirse a Nerón, tiene otros sentidos ya que el 6 es el número de la Creación distinta al Creador (6+1=7) por los seis días, por referirse al hexágono formado por la medida de los radios del círculo y por ser el de las seis direcciones del espacio. Es un número ambivalente ya que es positivo si se refiere a la Creación como obra del Creador y negativa si pretende ocupar su lugar, como en el caso del Apocalipsis.
[16] Tres seis - 666 - es la perfección, bien de la Creación, bien de la idolatría. Pero también 666 es el número de la Bestia por la “perfecta” (tres) inferioridad del seis respecto al siete.[17] Según Jouven, este 666, además de corresponder por gematría a Nerón o a Domiciano, es un número triangular, proporción sagrada en el pitagorismo. Pero este número perfecto usurpa el templo de Dios y, por una serie de proporciones numéricas, a medida que crece indefinidamente, potencialmente crece también más el poder de Dios.[18] Pues el mal no es vencido definitivamente más que cuando se supera el plano de los números naturales mediante la Unidad divina.
Beato de Liébana dice que esta cifra de hombre es la de Cristo, cuyo nombre usurpa para sí la Bestia.
[19]
El significado de la Bestia primera queda complementado con el de la tercera:
“Y vi una mujer sentada sobre una Bestia de color escarlata, cubierta de títulos blasfemos; la Bestia tenía siete cabezas y diez cuernos.” (17,3
Esta Bestia tiene similitud con la del capítulo trece, sólo que aquí los títulos blasfemos los lleva la Ramera. Allí, la Bestia surge de las aguas y aquí (17,1) se dice que la Ramera se asienta sobre grandes aguas por lo que hay una evidente relación entre estas Bestias y las aguas. La mujer es “la Gran Babilonia, la madre de las prostitutas y las abominaciones de la tierra” (17,5), lleva un vestido púrpura y escarlata “y se embriaga con la sangre de los santos y con la sangre de los mártires de Jesús” (17,6). Todos estos tonos púrpuras y escarlatas son la antítesis de la blancura del Cordero y de los santos que han blanqueado los vestidos con su sangre derramada que no es otra cosa que todas las abominaciones y blasfemas de la Bestia: la Bestia roja es la Sangre derramada del Cordero blanco y, por las joyas que lleva y la caída de Babilonia del capítulo 18, esta Ramera-Babilonia asentada sobre la Bestia de sangre de la inconsciencia, es la antítesis de la Esposa del Cordero, la Jerusalén bajada del Cielo.
Para Beato, esta Bestia es el pueblo malo, el cuerpo de los enemigos del Cordero, es decir, el cuerpo del diablo, los hombres malos. El color escarlata indica que es pecadora, sangrienta. Los siete cabezas y los diez cuernos indica que tiene a los reyes del mundo y su reino.
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Seguidamente, el Angel da a Juan la explicación de lo que es esta Bestia:
“La Bestia que has visto, era y ya no es; y va a subir del Abismo, pero camina hacia su destrucción. Los habitantes de la tierra... se maravillarán al ver que la Bestia era y ya no es, pero que reaparecerá... Las siete cabezas son las siete colinas sobre las que se asienta la mujer. Son también siete reyes; cinco han caído, uno es, y el otro no ha llegado aún... Y la Bestia que era y ya no es, hace el octavo, pero es uno de los siete; y camina hacia su destrucción. Los diez cuernos que has visto son diez reyes que no han recibido aún el reino; pero recibirán con la Bestia la potestad real, sólo por una hora. Están todos de acuerdo en entregar a la Bestia el poder y la potestad que ellos tienen.... Y los diez cuernos que has visto y la Bestia van a aborrecer a la Ramera; la dejarán sola y desnuda... porque Dios les ha inspirado la resolución de ejercer su propio plan, y de ponerse de acuerdo en entregar la soberanía que tienen a la Bestia hasta que se cumplan las palabras de Dios. Y la mujer que has visto es la Gran Ciudad... (17,8-18)
Parece que la Bestia es Nerón como fruto del mal que surge del Abismo, del inconsciente diabólico. Y la Ramera es Roma, que se asienta sobre él. De todos modos, el conjunto resulta indesligable pues las siete cabezas-colinas de Roma-emperadores y los cuernos-reyes son de la Bestia-idolatría que “era”, “ya no es” por el sacrificio del Cordero pero re-aparecerá en su apariencia para maravilla de los que no creen en el sacrificio del Cordero. Los diez reyes-cuernos reinarán, pero por una sola hora. En efecto ¿qué hay en este mundo de más efímero que el orgullo de los que se creen todopoderosos y no son nada comparado al Todopoderoso y Eterno? Estos reyes de la tierra dan su poder al Estado en lugar de dárselo a Dios porque así reciben poder, honores y dinero. Pero estos cuernos-reyes y la Bestia-idolatría aborrecerán la Ramera y la consumirán por el fuego, es decir, los gobernantes y sus vasallos van a destruir el propio Estado que han creado; ellos mismos detestarán su propia obra cuando vean como ha resultado ser.
Ya en la lucha escatológica en el cielo aparece el caballero blanco - la Palabra de Dios - el propio Cristo.
“Vi entonces a la Bestia y a los reyes de la tierra con sus ejércitos reunidos para entablar combate contra el que iba montado en el caballo y contra su ejército. Pero la Bestia fue capturada y con ella el falso profeta... los dos fueron arrojados vivos al lago de fuego que arde con azufre.” (19, 19s.).
Al final, la Bestia es necesariamente derrotada pues lo que nunca ha sido realmente, el error de la idolatría, es vencido por lo que siempre es: la Palabra de Dios. El lago de fuego que arde con azufre es el lugar donde les corresponde estar porque es el inconsciente (lago) diabólico (azufre) donde se autoconsume el fuego divino que es, por decirlo como J. Böhme, el aspecto de Dios que no llega a ser su Palabra y que arde como fuego fatuo.
En 20,10 se nombra por última vez a la Bestia:
“Y el Diablo, su seductor, fue arrojado al lago de fuego y azufre, donde están también la Bestia y el falso profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.”
Por regla general, la patrología y la teología antigua y medieval no fue demasiado aficionada a identificar las tres Bestias con el estado político del momento quizá porque en los primeros siglos del cristianismo el Apocalipsis no fue demasiado comentado pues su canonicidad no fue reconocida por muchos.
[21] Posteriormente, quizá porque no había un Estado propiamente dicho y porque era la Iglesia la que detentaba el poder, se identificó la Bestia y el Anticristo con las diversas herejías pues, como sugiere Stierlin, sobre todo en la Península Ibérica, el Apocalipsis fue un libro de resistencia enfrente a la invasión musulmana.[22] Así, Beato de Liébana en su Comentario al Apocalipsis decía: “Lo que pasa visiblemente en las visiones, ahora se cumple visiblemente en la Iglesia”.
A diferencia del Cordero, el Tetramorfo o el Dragón, la representación de la Bestia normalmente sólo se encuentra dentro de contextos que hagan referencia al Apocalipsis. En los Beatos, sus representantes son bastante similares entre sí. así como fieles al texto: cuadrúpedo con cuerpo de felino cubierto de escamas geométricamente pintadas de un color distinto, enormes garras, cola de león, siete monstruosas cabezas (a veces, una sola) con la boca abierta mostrando afilados dientes, y los diez cuernos (a veces no representados) repartidos por encima las cabezas o agrupados en la cabeza superior. El color es intenso; rojo con escamas negras, azul con escamas negras o rojo con escamas amarillas. En conjunto, un ser terrorífico.

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LOS JINETES
Al principio del capítulo seis aparecen los famosos cuatro jinetes montados sobre cuatro caballos.
“Cuando el Cordero abrió el primero de los siete sellos, oí al primero de los cuatro Vivientes que decía con voz como de trueno: “Ven”. Miré y había un caballo blanco; y el que lo montaba tenía un arco; se le dio una corona, y salió como vencedor, y para seguir venciendo. Cuando abrió el segundo sello, oí el segundo Viviente que decía: “Ven”. Entonces salió otro caballo, rojo; al que lo montaba se le concedió quitar de la tierra la paz para que se degollaran unos a otros; se le dio una espada grande. Cuando abrió el tercer sello, oí al tercer Viviente que decía: “Ven”. Miré entonces y vi un caballo negro; el que lo montaba tenía en la mano una balanza, y oí como una voz en medio de los cuatro Vivientes que decía: “Un litro de trigo por un denario, tres litros de cebada por un denario. Pero no causes daño al aceite y al vino”. Cuando abrió el cuarto sello, oí la voz del cuarto Viviente que decía: “Ven”. Miré entonces y había un caballo pálido (o verdoso); el que lo montaba se llamaba Muerte, y el Hades lo seguía. Se les dio poder sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con la espada, con el hambre, con la peste y con las fieras de la tierra.” (6,1-8).
Los cuatro colores de los caballos equivalen a los cuatro puntos cardinales,
[23] con los que también se relacionan los cuatro Vivientes que los llaman. En el comentario del versículo 8 parece como si la acción de los cuatro jinetes fuese nefasta, totalmente nefasta si se considera que cada uno de los cuatro jinetes actúa sobre una cuarta parte y los cuatro sobre la totalidad de la tierra. De hecho, el caballo rojo como la sangre a cuyo jinete se le da una espada representa la guerra. El caballo negro corresponde al hambre porque un denario era el jornal de un obrero por lo que el precio del trigo y la cebada eran inasequibles. El caballo pálido o verdoso lo es de la muerte, al parecer porque éste es el color del cadáver cuando se descompone sobre todo por efecto de la peste. Queda el primer jinete del caballo blanco, color generalmente noble y luminoso. A veces, sobre todo la moderna exégesis, se le ha dado un sentido negativo, viéndose a él a un pueblo invasor, generalmente los Partos que llevaban arco. Pero también en el Beato de Facundus aparece igualado a los otros tres jinetes como la primera de las cuatro plagas, la muerte. La verdad es que el propio Beato de Liébana identificó, siguiendo otras interpretaciones de padres y teólogos, a este caballo blanco con la Iglesia y a su jinete con Cristo[24] y así aparece, por ejemplo, en el beato de Burgo de Osma donde lleva nimbo crucífero. Para Beato, el jinete del caballo rojo es el diablo y el caballo negro indica el hambre espiritual dentro de la Iglesia por culpa de los malos prelados que no dan a conocer la Palabra mientras que el cuarto caballo hace mención al pueblo espiritualmente muerto por estar en el error.[25].
Además, en el capítulo 19 vemos otro caballo blanco.
“Entonces vi el cielo abierto, y había un caballo blanco; el que lo monta se llama “Fiel” y “Veraz”; y juzga y combate con justicia. ...viste un manto empapado de sangre y su nombre es: La Palabra de Dios. Y los ejércitos del cielo, vestidos de lino blanco puro, le seguían sobre caballos blancos.” (19, 11 y 13s.).
Aquí queda claro que el que monta el caballo blanco es Cristo y su manto manchado de sangre es como la del Cordero, la de su propio sacrificio que purifica y blanquea los vestidos de los ejércitos y sus caballos, aunque este blanco también puede estar relacionado con el simbolismo solar o de la luz. Como la montura simboliza las fuerzas vitales conducidas por el jinete-Espíritu, el blanco opuesto al rojo simboliza que estas han sido sacrificadas por el sacrificio del jinete-Cristo
¿El jinete del capítulo 6 montado igualmente sobre un caballo blanco es también Cristo como éste? Realmente, no me atrevería a asegurarlo pero es posible aunque no probable. ¿Pueden tener un sentido positivo los cuatro jinetes? Cierto que el aspecto negativo de todo símbolo en un nivel puede convertirse en positivo en otro nivel. Por tanto, las cuatro plagas pueden tener un sentido purificador o ascético. Pero el inconveniente mayor para identificar el primer jinete con Cristo es que pertenece a una serie de cuatro con una estructura muy simétrica e igualada y a pesar de que el primero solo pueda tener un sentido positivo, es forzado identificar, por ejemplo, el conjunto como cuatro aspectos de Cristo,
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LAS LANGOSTAS-CABALLOS
En el capítulo 9 se lee de una estrella caída del cielo a la tierra, esto es, Satanás, a la que se da una llave para que abra el pozo del Abismo.
“De la humareda salieron langostas sobre la tierra, y se les dio un poder como el que tienen los escorpiones de la tierra” (9,3).
Las langostas, por un lado, hacen mención a la famosa plaga de Egipto y, por otro, como animal saltador es, como veremos que dice el mismo texto, una visión terrorífica del caballo. Se les dice que sólo deben causar daño a los hombres que no lleven en su frente el sello de Dios, a los que no matarán pero atormentarán por cinco meses que, al parecer, es el tiempo que duran las plagas de las langostas en Egipto. Es clarificador, como modelo de cómo fue la hermenéutica medieval, el sentido espiritual que da Beato a estos textos: “Las langostas, por su ágil movilidad, hay que entenderlas como las almas que vagan y saltan a los placeres del mundo; el escorpión camina adulando, pero su cola hiere; no muerde de cara, sino con las partes posteriores. Los escorpiones, pues, son los hombres blandos y maliciosos que no se oponen a los buenos de cara, sino que, tan pronto como se han alejado, los calumnian, y difaman a otros…
[26]
“La apariencia de estas langostas era parecida a caballos preparados para la guerra; sobre sus cabezas tenían como coronas que parecían de oro; sus rostros eran como rostros humanos; tenían cabellos como cabellos de mujer, y sus dientes eran como de león; tenían corazas como corazas de hierro, y el ruido de sus alas como el estrépito de carros de muchos caballos que corren al combate; tienen colas parecidas a las de los escorpiones, con aguijones, y en sus colas, el poder de causar daño a los hombres durante cinco meses. Tienen sobre sí, como rey, al Angel del Abismo, llamado en hebreo “Abaddón”, y en griego “Apolión”.” (9,7-11).
Estos dos últimos nombres se traducen por “Destrucción”. Todo el horror de una maquinaria de guerra para sugerir unos tormentos espirituales. En efecto, estos seres terroríficos atacan con las colas de escorpiones, pues la cola, como la de los escorpiones, es la parte de atrás que ataca con lo que uno no ve, el inconsciente. Es el tormento de los espíritus infernales a los hombres que viven sin tener en cuenta a Dios.
Y terror es lo que consiguen causarnos, todavía hoy, estos seres monstruosos tal como aparecen en las alucinantes ilustraciones con colores estridentes de las páginas del Comentario de Beato de Liébana, aunque su representación se identifica con la de los caballos con cola de serpiente que aparecen posteriormente en el texto.
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LOS CABALLOS-LEON-SERPIENTE

Finalmente, al sonar la sexta trompeta, son soltados los cuatro Angeles atados junto al gran río Éufrates.
“El número de los de su tropa de caballería era de doscientos millones; pude oír su número. Así vi en la visión los caballos y a los que los montaban: tenían corazas de color de fuego, de jacinto y de azufre; las cabezas de los caballos como cabezas de león, y de sus bocas salía fuego y humo y azufre. Y fue exterminada la tercera parte de los hombres por estas tres plagas; por el fuego, el humo y el azufre que salían de sus bocas. Porque el poder de los caballos está en su boca y en sus colas, pues sus colas, semejantes a serpientes, tienen cabezas y con ellas causan daño.” (9,16-19).
Pero los hombres que no son exterminados por estas plagas no se convierten. De nuevo, podemos explicar estos plagas por el sentido histórico: al este del Éufrates estaban los Partos, terror de la parte oriental del Imperio romano. Pero la forma de estos caballos parece hacer mención al terror psíquico y espiritual, sea éste causado por invasiones extranjeras o no. Los cuatro Angeles soltados, la ira de Dios desatada, corresponden a los cuatro puntos cardinales, esto es, a la totalidad del Cosmos, lo que, en su aspecto cuantitativo-negativo, viene representado por este número enorme, casi ilimitado, de caballos que atormentan por delante con sus cabezas de león de las que sale fuego, esto es, por el aspecto conscientemente destructor, mientras que sus colas atacan con cabezas de serpientes y, por tanto, con el aspecto destructor del inconsciente o desconocido. El ataque es total pero, curiosamente, inútil. Los supervivientes no dejan de cometer idolatría. Pues la destrucción apocalíptica, toda destrucción, es aparentemente inútil, no sirve para que los hombres escarmienten. sino que tiene un sentido metafísico: la luz brilla más en medio de las tinieblas, el bien resplandece en medio del mal y así se manifiesta lo Unico que realmente ES Conciencia Absoluta.
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Los hombres que no saben de esta Conciencia Absoluta creen que el Apocalipsis habla de castigo, de terror. En realidad, es un libro liberador, de triunfo de lo que ES. No es una amenaza externa sino la constatación del hombre tal como es, con su mediocridad aparente, sus constantes idolatrías causadas por el inconsciente, pero también su altura y su profundidad divina. Quien sabe esto ya no le aterrorizan ni los animales terroríficos del Apocalipsis ni lo que estos simbolizan. El Cordero ya los limpió con su sacrificio de sus pecados, esto es, Dios perdona. Lo que no se puede perdonar es, lógicamente, la ignorancia del perdón. Y este es lo que, por su propia idiosincrasia, debe ignorar el Estado idolátrico, el Romano, el moderno y el de siempre. El Apocalipsis, al destacar que toda acción liberadora es fruto del Conocimiento de que ya estamos liberados, es un libro para siempre.
María Assumpta GARCIA RENAU




Barcelona, Marzo de 1998.

[1]Todos los textos del Apocalipsis son de la versión de la Biblia de Jerusalén, Desclee de Brouwer, Bilbao 1980.
[2]CHAMPEAUX, G. de - STERCKX, S., Symboles, Zodiaque, l972, p. 433.
[3]Véase CHAMPEAUX, op. cit. p. 430. CHEVALIER, J. - GHEERBRANT, A., Dictionnaire des Symboles, vol. IV, Seghers l979, p. 390. BEIGBEDER, O., Lexique, Zodiaque l969, p. l38.
[4]Obras completas de Beato de Liébana, B. A. C. (1995), p. 295-307.
[5]GUÉNON, R., Símbolos fundamentales de la Ciencia Sagrada, EUDEBA, Buenos Aires 1976, p. 262.
[6]SCHNEIDER, M., El origen musical de los animales-símbolos en la mitología y la escultura antiguas, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Barcelona, 1946.
[7]Véase COOMARASWAMY, A. K., La Doctrine du Sacrifice, Dervy-Livres, Paris, 1978, pp. 191-194.
[8]Sobre el simbolismo del Cordero de Dios véase: CHEVALIER, op. cit. (I), pp. 17-20 y BEIGBEDER, op. cit. pp. 32-52.
[9] …Beato… op. cit. pp. 291-345, 519 y 599.
[10]Véase Ibidem. fotos 22 a 24.
[11]Cit. CIRLOT, J. E., Diccionario de símbolos, Labor, Barcelona 1978, pp. 145s.
[12] …Beato… op. cit. pp. 471-473.
[13] Ibidem. p. 477.
[14] Ibidem. p. 483.
[15]JOUVEN, G., Les nombres cachés. Esoterisme arithmologique, Dervy-Livres, París 1978, pp. 171ss.
[16]CHEVALIER, op. cit. IV, p. 211.
[17]CIRLOT, op. cit. p. 33l.
[18]JOUVEN, op. cit.
[19] … Beato… p. 509.
[20] …Beato… p. 567.
[21]STIERLIN, H., Le Livre de Feu. L'Apocalypse et l'art mozarabe, pp. 71 y 73.
[22]Ibidem. pp. 79ss.
[23]CHAMPEAUX, op. cit. 428.
[24]…Beati… p. 140.
[25] Ibidem. pp.
[26] …Beato… p. 433.

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