
CUANDO EL ARTE ES
SÍMBOLO DE LO SAGRADO
La impresionante exposición sobre Els moai i les cultures dels mars del Sud" que nos ofreció la Fundació "La Caixa", las jornadas de estudio que la misma Fundació junto con la Fundació Joan Maragall organizaron sobre Espai i símbol en l'art oriental en las que se disertó sobre las artes tradicionales del Tíbet, la India, la China y el Japón, la exposición de "la Pedrera" sobre Art de Papúa Nova Guinea presentada gracias a la Fundació Caixa de Catalunya, así como la reapertura de la remodelada sección de Arte Románico del Museu Nacional d'Art de Catalunya, nos ponen de manifiesto un fenómeno que, a excepción de nuestra cultura occidental moderna, ha sido común en la humanidad: el arte sagrado. Ahora bien, lo que nosotros vemos en las exposiciones o conservamos en nuestros museos de arte o de etnología son los restos materiales de una toda una manera de vivir radicalmente distinta a la nuestra, en la que el fundamento de la vida es lo sagrado y en la que la obra de arte expresa precisamente esta concepción de la vida, del mundo y del hombre.
El arte sagrado de cualquier pueblo o cultura, desde el mundo románico a la Polinesia, desde la India al África negra pasando por la cultura de los indios sioux o a la de las antiguas comunidades sefardíes, es el arte del hombre primordial, del hombre que vive en el mito, en la creencia, de que el hombre es infinitamente más que un animal evolucionado, que es cualitativamente distinto, porque, tal como se narra en el mito de la Creación, su origen es divino. Mientras que nosotros, tan orgullosos de nuestros inventos tecnológicos que - dicen - nos hacen vivir tan cómodamente y - esto lo callan - tan alienados, reducimos nuestro origen al de ser un mero mono evolucionado, el hombre de las culturas primordiales al que nosotros llamamos "primitivos", y lo que esto significa, atrasados, saben que la "originalidad" del hombre, aquello que lo hace radicalmente distinto de los demás seres de la Creación, es su participación en lo divino, porqué en el origen, esto es, en su esencia, el hombre es divino, sagrado.
El hombre toma conciencia de su originalidad divina en el mito de la Creación el cual narra simbólicamente como el SILENCIO divino sale de sí mismo y se manifiesta. La Creación, en el sentido sagrado, poco tiene que ver con las concepciones astrofísicas sobre el origen del universo en un pasado lejano y mucho sobre la creación del arte sagrado: es su modelo primordial: el Artista Divino se expresa en la Creación que es así su manifestación, un símbolo que revela el secreto del mundo y del hombre, en última instancia, que el Origen del mundo y del hombre es divino y que lo que hace que el caos se transforme en un Cosmos para el hombre es Dios. Así, el Cosmos es la constatación de que el mundo tiene un orden, todo está donde tiene que estar y, por lo tanto, todo tiene un sentido sagrado, todo es un símbolo que une lo divino a lo mundano, el Cielo a la Tierra, el Creador a la Creación.
Pero quien puede realmente unir estos mundos o separarlos es el hombre, el mediador, el sacerdote que contiene en si mismo lo divino, lo humano y lo mundano. Teología, antropología y cosmología son tres aspectos de una misma realidad que el mito y el rito distinguen pero no separan porque el hombre, el símbolo por esencia, los une. En su calidad de mediador entre el Cielo y la Tierra, entre lo espiritual i lo sensible, entre Dios y el Cosmos, todo hombre primordial es básicamente un sacerdote; y los sacerdotes concretos, los que cumplen explícitamente esta función, son los representantes del aspecto sacerdotal de toda la comunidad. Y el artesano no es otra cosa que la mano ejecutora del sacerdote que es quien crea, en realidad, la obra de arte por excelencia que configura la imagen del Cosmos para la comunidad; la fiesta ritual.
Para el hombre primordial, ello es posible porque, en la iniciación se le ha revelado el gran secreto: su origen divino, olvidado para el hombre no iniciado, el hombre inacabado que vive en el olvido de que el Cosmos, macrocosmos y microcosmos, es sagrado, manifestación de lo divino. La iniciación es transformaren vivencia - y no mera teoría - esta realidad mediante la cual el hombre puede, a igual que su Antepasado primordial, Dios o el héroe de los tiempos míticos, crear el mundo, hacer del mundo una obra de arte pero entendiendo que este Cosmos empieza por uno mismo. Ello explica el porque en este sentido sagrado, el Cosmos no es un dato objetivo situado fuera del hombre-sujeto, sino que se percibe como el propio cuerpo del hombre que adquiere unas dimensiones más amplias hasta abarcar todo la vida del hombre y de la naturaleza; de ahí las conocidas analogías, propias de tantas culturas, entre el macrocosmos, el mundo conocido, y el microcosmos, el cuerpo humano. Toda la vida del hombre primordial es una obra de arte porque si la propia vida del artista no es una obra de arte, este no puede crear. Y crear es, en los pueblos primordiales, revelar el sentido del mundo a toda la sociedad. Así lo hizo Dios, así lo hace el artista. Y toda miembro de la comunidad es un artista en el ritual que re-presenta (que hace presente ahora) el mito de la Creación, ya que todos participan de él. El arte sagrado es el aspecto formal del rito que re-actualiza el mito de la Creación. Por esto, la obra de arte de los pueblos primordiales es su ritual y los restos materiales que se conservan en los museos o en los "espectáculos" de teatro, danza, música y canto son rituales y hacen referencia al mito y tienen un sentido simbólico que sólo puede ser captado por quien comparta las creencias de este mito.
Lo que las sociedades primordiales intentan es que toda la vida del hombre - comer, dormir, danzar, trabajar, procrear, etc. - sean una re-actualización del mito de la Creación, una obra de arte, un símbolo donde todo tiene un sentido. Pero lo que ellas mismas constatan es que, en realidad, no es así. Salvo las excepciones de ciertos hombres espiritualmente muy elevados, tal vez muchos de ellos sacerdotes o chamanes, no toda la vida del hombre de las culturas primordiales, reproduce este modelo arquetípico. No todos son capaces de vivir permanentemente en lo sagrado y hacer de su vida una obra de arte. Por esto, el mito de la Creación implica también el mito de la caída, del pecado original, de que, por algún motivo, el hombre se ha distanciado o ha olvidado lo que es originalmente. Antes de la caída, el mundo era armonioso, bueno, siempre joven, feliz, etc. es decir, una obra de arte; mientras que ahora es feo, perverso, mortal, infeliz. Algo fundamental falla en el hombre: ha perdido su familiaridad con Dios y el mundo ya no es sagrado, ya no es una obra de arte, sino que es lo profano. El hombre ya no actúa con pureza de corazón, sino con egoísmo, por interés, económico, social, o lo que sea, pero sin amor. Solo en la fiesta ritual -en el tiempo y el espacio sagrado - el hombre recupera la dimensión sagrada. Esta es la función de la fiesta y de la obra de arte que nace de ella. Después, el tiempo y, sobre todo el hombre profanizan, se sitúan fuera de lo sagrado, que es lo que significa profanus en latín. Lo profano no es algo dado sino que tiene un carácter activo: es el hombre quien profaniza, quien introduce lo diabólico en el mundo al no actuar simbólicamente, de acuerdo con el modelo divino; pues lo dia-ballico, lo escindido de lo divino es lo que se opone a lo sim-ballico, lo que está unido a El. El hombre, a igual que el Divino Artista, puede convertir la Realidad en un Cosmos artísticamente bello, pero también puede convertirlo en un infierno al profanarlo. Y cuando esto ocurre, el mundo se degenera, muere y todo vuelve al Caos. "Antes" de la Creación, la Realidad era Caos y "después" de la destrucción del Cosmos, se vuelve al mismo Caos indiferenciado donde no hay ni antes ni después. Estrictamente hablando, este Caos es un símbolo de la Divinidad inmanifestada y por esto, desde el punto de vista de la existencia mundana, es diabólico, monstruoso. Para el hombre de las sociedades primordiales, el Caos es también sagrado pues lo monstruoso, lo negativo, no es más que el aspecto indiferenciado de lo divino, la potencialidad de la que surgirá toda nueva Creación. La Creación es el resultado de la lucha perenne contra el Caos, el acto arquetípico en que el héroe primordial o el dios vencen al monstruo o al dragón que simbolizan el Caos, el pecado y el olvido inconsciente de quienes somos, y al participar de nuevo en lo divino, podemos de nuevo ser un artista creador.
Por esto, toda obra de arte sagrada es simbólica pues es la manera como el artista-sacerdote ve el Cosmos, lo expresa y hace participar de él a los demás. Y por esto también, el carácter arquetípico, impersonal, de la obra de arte sagrada. ¿Como puede un individuo firmar una obra de arte sagrada si esta es la expresión de la experiencia divina de toda una colectividad con un mito común y el artesano no es más que su mero ejecutor material? Ello no quita que haya artesanos mejores que otros y que algunos lleguen a la fama, incluso dentro de estas sociedades tradicionales. Pero no son el Artista. Este es lo divino del hombre y no puede identificarse con ninguna individualidad concreta. Por esto, el artista pinta o danza después realizar prácticas ascéticas o ritos de purificación. Sin ir más lejos, los pintores de íconos de los monasterios ortodoxos practicas una serie de ayunos y oraciones antes de "iluminar" las sagradas imágenes, imágenes que son nuestro retrato esencial, el Hombre divino que somos, más allá del "pecado" en el que caemos.
Entonces, el hombre primordial puede, de nuevo, crear un mundo Nuevo como el del Origen, Bello, Bueno, Verdadero, Feliz. Tal vez lo que distingue las sociedades primordiales de la nuestra es su capacidad de perdón, de superar la historia, de regenerarse perpetuamente y recuperar así el sentido divina del hombre y del Cosmos. Si nosotros hiciéramos esto, aunque el mal no estuviera erradicado de nuestra vida cuotidiana, el arte nos re-unificaría con nuestra esencia divina, nuestra vida podría ser una obra de arte y el mundo recuperaría su dimensión sagrada.
María Assumpta García Renau
Publicat a la revista El Ciervo
La impresionante exposición sobre Els moai i les cultures dels mars del Sud" que nos ofreció la Fundació "La Caixa", las jornadas de estudio que la misma Fundació junto con la Fundació Joan Maragall organizaron sobre Espai i símbol en l'art oriental en las que se disertó sobre las artes tradicionales del Tíbet, la India, la China y el Japón, la exposición de "la Pedrera" sobre Art de Papúa Nova Guinea presentada gracias a la Fundació Caixa de Catalunya, así como la reapertura de la remodelada sección de Arte Románico del Museu Nacional d'Art de Catalunya, nos ponen de manifiesto un fenómeno que, a excepción de nuestra cultura occidental moderna, ha sido común en la humanidad: el arte sagrado. Ahora bien, lo que nosotros vemos en las exposiciones o conservamos en nuestros museos de arte o de etnología son los restos materiales de una toda una manera de vivir radicalmente distinta a la nuestra, en la que el fundamento de la vida es lo sagrado y en la que la obra de arte expresa precisamente esta concepción de la vida, del mundo y del hombre.
El arte sagrado de cualquier pueblo o cultura, desde el mundo románico a la Polinesia, desde la India al África negra pasando por la cultura de los indios sioux o a la de las antiguas comunidades sefardíes, es el arte del hombre primordial, del hombre que vive en el mito, en la creencia, de que el hombre es infinitamente más que un animal evolucionado, que es cualitativamente distinto, porque, tal como se narra en el mito de la Creación, su origen es divino. Mientras que nosotros, tan orgullosos de nuestros inventos tecnológicos que - dicen - nos hacen vivir tan cómodamente y - esto lo callan - tan alienados, reducimos nuestro origen al de ser un mero mono evolucionado, el hombre de las culturas primordiales al que nosotros llamamos "primitivos", y lo que esto significa, atrasados, saben que la "originalidad" del hombre, aquello que lo hace radicalmente distinto de los demás seres de la Creación, es su participación en lo divino, porqué en el origen, esto es, en su esencia, el hombre es divino, sagrado.
El hombre toma conciencia de su originalidad divina en el mito de la Creación el cual narra simbólicamente como el SILENCIO divino sale de sí mismo y se manifiesta. La Creación, en el sentido sagrado, poco tiene que ver con las concepciones astrofísicas sobre el origen del universo en un pasado lejano y mucho sobre la creación del arte sagrado: es su modelo primordial: el Artista Divino se expresa en la Creación que es así su manifestación, un símbolo que revela el secreto del mundo y del hombre, en última instancia, que el Origen del mundo y del hombre es divino y que lo que hace que el caos se transforme en un Cosmos para el hombre es Dios. Así, el Cosmos es la constatación de que el mundo tiene un orden, todo está donde tiene que estar y, por lo tanto, todo tiene un sentido sagrado, todo es un símbolo que une lo divino a lo mundano, el Cielo a la Tierra, el Creador a la Creación.
Pero quien puede realmente unir estos mundos o separarlos es el hombre, el mediador, el sacerdote que contiene en si mismo lo divino, lo humano y lo mundano. Teología, antropología y cosmología son tres aspectos de una misma realidad que el mito y el rito distinguen pero no separan porque el hombre, el símbolo por esencia, los une. En su calidad de mediador entre el Cielo y la Tierra, entre lo espiritual i lo sensible, entre Dios y el Cosmos, todo hombre primordial es básicamente un sacerdote; y los sacerdotes concretos, los que cumplen explícitamente esta función, son los representantes del aspecto sacerdotal de toda la comunidad. Y el artesano no es otra cosa que la mano ejecutora del sacerdote que es quien crea, en realidad, la obra de arte por excelencia que configura la imagen del Cosmos para la comunidad; la fiesta ritual.
Para el hombre primordial, ello es posible porque, en la iniciación se le ha revelado el gran secreto: su origen divino, olvidado para el hombre no iniciado, el hombre inacabado que vive en el olvido de que el Cosmos, macrocosmos y microcosmos, es sagrado, manifestación de lo divino. La iniciación es transformaren vivencia - y no mera teoría - esta realidad mediante la cual el hombre puede, a igual que su Antepasado primordial, Dios o el héroe de los tiempos míticos, crear el mundo, hacer del mundo una obra de arte pero entendiendo que este Cosmos empieza por uno mismo. Ello explica el porque en este sentido sagrado, el Cosmos no es un dato objetivo situado fuera del hombre-sujeto, sino que se percibe como el propio cuerpo del hombre que adquiere unas dimensiones más amplias hasta abarcar todo la vida del hombre y de la naturaleza; de ahí las conocidas analogías, propias de tantas culturas, entre el macrocosmos, el mundo conocido, y el microcosmos, el cuerpo humano. Toda la vida del hombre primordial es una obra de arte porque si la propia vida del artista no es una obra de arte, este no puede crear. Y crear es, en los pueblos primordiales, revelar el sentido del mundo a toda la sociedad. Así lo hizo Dios, así lo hace el artista. Y toda miembro de la comunidad es un artista en el ritual que re-presenta (que hace presente ahora) el mito de la Creación, ya que todos participan de él. El arte sagrado es el aspecto formal del rito que re-actualiza el mito de la Creación. Por esto, la obra de arte de los pueblos primordiales es su ritual y los restos materiales que se conservan en los museos o en los "espectáculos" de teatro, danza, música y canto son rituales y hacen referencia al mito y tienen un sentido simbólico que sólo puede ser captado por quien comparta las creencias de este mito.
Lo que las sociedades primordiales intentan es que toda la vida del hombre - comer, dormir, danzar, trabajar, procrear, etc. - sean una re-actualización del mito de la Creación, una obra de arte, un símbolo donde todo tiene un sentido. Pero lo que ellas mismas constatan es que, en realidad, no es así. Salvo las excepciones de ciertos hombres espiritualmente muy elevados, tal vez muchos de ellos sacerdotes o chamanes, no toda la vida del hombre de las culturas primordiales, reproduce este modelo arquetípico. No todos son capaces de vivir permanentemente en lo sagrado y hacer de su vida una obra de arte. Por esto, el mito de la Creación implica también el mito de la caída, del pecado original, de que, por algún motivo, el hombre se ha distanciado o ha olvidado lo que es originalmente. Antes de la caída, el mundo era armonioso, bueno, siempre joven, feliz, etc. es decir, una obra de arte; mientras que ahora es feo, perverso, mortal, infeliz. Algo fundamental falla en el hombre: ha perdido su familiaridad con Dios y el mundo ya no es sagrado, ya no es una obra de arte, sino que es lo profano. El hombre ya no actúa con pureza de corazón, sino con egoísmo, por interés, económico, social, o lo que sea, pero sin amor. Solo en la fiesta ritual -en el tiempo y el espacio sagrado - el hombre recupera la dimensión sagrada. Esta es la función de la fiesta y de la obra de arte que nace de ella. Después, el tiempo y, sobre todo el hombre profanizan, se sitúan fuera de lo sagrado, que es lo que significa profanus en latín. Lo profano no es algo dado sino que tiene un carácter activo: es el hombre quien profaniza, quien introduce lo diabólico en el mundo al no actuar simbólicamente, de acuerdo con el modelo divino; pues lo dia-ballico, lo escindido de lo divino es lo que se opone a lo sim-ballico, lo que está unido a El. El hombre, a igual que el Divino Artista, puede convertir la Realidad en un Cosmos artísticamente bello, pero también puede convertirlo en un infierno al profanarlo. Y cuando esto ocurre, el mundo se degenera, muere y todo vuelve al Caos. "Antes" de la Creación, la Realidad era Caos y "después" de la destrucción del Cosmos, se vuelve al mismo Caos indiferenciado donde no hay ni antes ni después. Estrictamente hablando, este Caos es un símbolo de la Divinidad inmanifestada y por esto, desde el punto de vista de la existencia mundana, es diabólico, monstruoso. Para el hombre de las sociedades primordiales, el Caos es también sagrado pues lo monstruoso, lo negativo, no es más que el aspecto indiferenciado de lo divino, la potencialidad de la que surgirá toda nueva Creación. La Creación es el resultado de la lucha perenne contra el Caos, el acto arquetípico en que el héroe primordial o el dios vencen al monstruo o al dragón que simbolizan el Caos, el pecado y el olvido inconsciente de quienes somos, y al participar de nuevo en lo divino, podemos de nuevo ser un artista creador.
Por esto, toda obra de arte sagrada es simbólica pues es la manera como el artista-sacerdote ve el Cosmos, lo expresa y hace participar de él a los demás. Y por esto también, el carácter arquetípico, impersonal, de la obra de arte sagrada. ¿Como puede un individuo firmar una obra de arte sagrada si esta es la expresión de la experiencia divina de toda una colectividad con un mito común y el artesano no es más que su mero ejecutor material? Ello no quita que haya artesanos mejores que otros y que algunos lleguen a la fama, incluso dentro de estas sociedades tradicionales. Pero no son el Artista. Este es lo divino del hombre y no puede identificarse con ninguna individualidad concreta. Por esto, el artista pinta o danza después realizar prácticas ascéticas o ritos de purificación. Sin ir más lejos, los pintores de íconos de los monasterios ortodoxos practicas una serie de ayunos y oraciones antes de "iluminar" las sagradas imágenes, imágenes que son nuestro retrato esencial, el Hombre divino que somos, más allá del "pecado" en el que caemos.
Entonces, el hombre primordial puede, de nuevo, crear un mundo Nuevo como el del Origen, Bello, Bueno, Verdadero, Feliz. Tal vez lo que distingue las sociedades primordiales de la nuestra es su capacidad de perdón, de superar la historia, de regenerarse perpetuamente y recuperar así el sentido divina del hombre y del Cosmos. Si nosotros hiciéramos esto, aunque el mal no estuviera erradicado de nuestra vida cuotidiana, el arte nos re-unificaría con nuestra esencia divina, nuestra vida podría ser una obra de arte y el mundo recuperaría su dimensión sagrada.
María Assumpta García Renau
Publicat a la revista El Ciervo
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