
Lo verdadero y lo falso en el mito
La Realidad es algo humanamente incognoscible, inabarcable, misterioso, inasible. Si nosotros conseguimos vivir en esta magma caótica es porque las sociedades en las que nacemos y vivimos dan una visión de la Realidad que intenta ponerle límites a lo ilimitado, ordenar lo desordenado, dar nombre y sentido a lo que no tiene nombre ni sentido, dominar lo incontrolable. Y todo ello lo hace mediante los mitos. Los mitos nos dan una imagen del mundo más o menos coherente y fundamentan los métodos para acceder a la Realidad. De tal forma que hay tantas visiones de la Realidad como métodos para acercarse a ella. La principal condición para que el sistema funcione es que la sociedad crea que los tales mitos no son falsos sino la explicación verdadera de la Realidad con la que uno pueda, como mínimo, ir viviendo y soñando.
Para el mito sagrado, lo importante es relacionar esta parcela de la Realidad más o menos domesticada con la Realidad última del Mundo, con la Verdad. Pero en los mitos profanos actuales, los métodos de acercamiento a la realidad limitada la fragmentan de tal modo que entorpecen enormemente la coexistencia con los otros métodos que facilitan la captación de la Realidad total y de la Verdad absoluta que solo puede llegarnos a través de ella. Por esto, hoy se asegura que nadie tiene derecho a creerse en posesión de la Verdad. Y ciertamente, nadie puede “tomar posesión” de la Verdad pero si tener acceso a ella lo que, con los métodos configurados por los mitos actuales, resulta muy difícil. Nuestro mundo sigue creyendo en mitos pero éstos ya no le acercan a la Verdad, la cual nos queda prácticamente inaccesible.
Ciertamente, uno puede no compartir los mitos actuales. Entonces queda la posibilidad de automarginarse, solo o en pequeños grupos, pues si son pocos y no hacen ruido los dejarán hacer; o puede volverse nihilista, esperan que el fruto madure y caiga del árbol o hacerse cliente del psicólogo. O puede integrarse en movimientos contraculturales que acaben por ingresar en las vitrinas del Museo de Historia de la Cultura, Sección Mitos Contraculturales del siglo XX. Que así es como la cultura de los mitos actualmente en el poder ve la contracultura. Naturalmente, el mito que ahora predomina no se llama a si mismo “mito” sino “ideología” la cual tiene un carácter más pretendidamente científico y menos fantasioso, por lo menos formalmente. Toda ideología es una visión tergiversada, deformante y totalizadora de la realidad. Dentro del complejo actual hay variantes más o menos considerables de formas con un mismo contenido: con unos pocos cristales, siempre los mismos, un calidoscopio da una indefinida variedad de figuras y, como en el calidoscopio – como en todo fenómeno – la “oposición” no sólo es posible sino necesaria e imprescindible. Los antagonismos de las ideologías, por reales que sean, no deben hacernos olvidar que son la otra cara de la misma realidad.
¿Qué es lo real para este mito tan ext4endido actualmente? Lo real por excelencia es aquello que es empíricamente comprobable y demostrable. Esta es una definición simple de este enorme mito moderno llamado cientifismo. Y esto explica, por ejemplo, que la única realidad de la belleza sea la reacción de las neuronas cerebrales del sujeto que la capta; y como no todos los sujetos tienen las mismas reacciones, para esta concepción de la realidad, la belleza aparece reducida a ser un problema de gustos, de psicología individual o colectiva, de opinión, creencias o influencias ideológicas, es decir, nada real. Las ideologías en lucha por el poder usarán de la belleza, se crearán mitos sobre ésta. Pero su única realidad será la de su uso y sus métodos. En si misma, la belleza no será concebido como algo real.
El mito, todo mito, se mueve en una doble alternativa. Por un lado, diferencia y clasifica lo que es de lo que no es, es decir, lo que tiene valor de lo que no lo tiene; por otro establece la distinción entre lo que es pero no debería y lo que debería de ser y no es. En el ensamblaje de esta doble alternativa de sistema de valores radica su sentido. Porque todo mito dice que realmente “es”, no lo que es realmente sino lo que debería de ser. Y aquí es donde se establece la abismal diferencia entre nuestros mitos profanos que se desarrollan en Europa a partir del Renacimiento y el mito sacro-religioso. Los dos tipos de mitos pueden parecer similares en el segundo binomio: ambos constatan la tensión existente entre lo que el mundo es fácticamente – nada, sufrimiento, finitud, muerte, miseria, pecado, vulgaridad – y lo que debería ser – Ser, Felicidad, Eternidad, Vida, Abundancia, Perfección, Belleza – En cambio, como la concepción del primer binomio es radicalmente distinta, pues lo que es relativo o ilusión y lo que es absolutamente real se oponen en las dos concepciones, también lo que debe ser es radicalmente distinta entre ambas.
Con todo lo expuesto, se puede comprender lo que se entiende vulgarmente por mito. Consiste en aquello que nosotros vemos que no es ni puede ser real, pero que otros grupos de personas, engañados por su defectuosa percepción de la realidad o por sus deseos, creen, equivocadamente, que es real. Así, el mito materialista, en una de sus variantes del siglo XIX, al pronunciar la frase “la religión es el opio del pueblo” expresaba la creencia de que, en realidad, era un mito fruto del mísero estado en que se encontraba la sociedad por causa de la injusta distribución de los bienes materiales y que, por tanto, al desaparecer esta injusticia, desaparecería también la religión. Así el mito del Paraíso celeste y espiritual quedaba substituido por el mito del Paraíso terrestre y material.
De hecho, un esquema del mito en algún aspecto similar a éste ya había sido expuesto por ciertos apologetas cristianos contra las religiones que consideraban paganas: éstas, decían, no son más que mitos, creencias absurdas y falsas. Esta definición del mito es distinta de la del materialismo pretendidamente “científico” para el que el mito cristiano era falso pero no absurdo, Pues tenía un motivo que explicaba su existencia. Y ésta es también la actitud que generalmente se tiene sobre el mito en general, por ejemplo, sobre los mitos arcaicos. E igualmente, para el hombre religioso actual, el materialismo es falso pero no absurdo.
Por supuesto, dentro de la sociedad profana contemporánea se dan otros mitos que solamente voy a nombrar pero que, no por casualidad, lo haré a pares. El progresismo y el conservadurismo, el de los multimillonarios y el pauperismo, el realismo y el idealismo, el anarquismo y el estatalismo, el nacionalismo y el universalismo, el tecnicismo y el ecologismo, el de la fama personal y el de la gran masa popular, etc. Ninguno de estos mitos profanos es totalmente absurdo o falso porque todos tienen una pequeña parte de verdad y, sobre todo, todos tienen motivos históricos para autojustificarse. En líneas generales, su error está en el “ismo” esto es, en haber hipervalorado una parte o un estadio de la Realidad sin llegar a percibir ni su Totalidad ni su Esencia. Desde el punto de vista de los tres grandes monoteísmos abrahámicos, estos mitos caen en los dos peores pecados: la idolatría y la prostitución (en el sentido simbólico-real de ambos términos). A ninguno de estos mitos le importa la Realidad y su Misterio insondable.
Caso completamente diferente es el del mito sagrado en sus variantes religiosa y metafísica. Después que se ha comprobado su presencia en todas las culturas, ya nadie se atreve a considerarlo absurdo y, dejando de lado ciertas explicaciones pseudocientíficas, se valora, a igual que en el mito profano, el hecho de que sea lo que fundamenta y unifica cualquier orden social existente, así como el de estabilizar el psiquismo individual y colectivo, dar seguridad en las creencias y una explicación del destino actual del hombre y del mundo, de su origen y del camino a seguir. Pero se cree que son falsos porque no se ve que los dioses existan o porque los hechos que narran no ocurrieron, o ocurrieron de una forma más natural y “lógica”. Ya que resulta que los apologetas cristianos o ciertos filósofos escépticos griegos podían ser tan estrechos de miras y más fanáticos que los actuales “científicos”, pero eran más sinceros que estos al decir que los mitos eran absurdos. Pues, como lo demuestran los mitos profanos, para dar una explicación del mundo que aglutine el orden social y dé estabilidad psíquica, no es necesario en modo alguno el lenguaje tan maravilloso y fantástico como absurdo de los mitos sagrados. La explicación del mito sacro-religioso o metafísico es que, si bien en su sentido literal y externo contiene los valores culturales, sociales y psíquicos antes mencionados, su esencia y su razón de ser última está en sugerirnos la Realidad Total, incluida esta Realidad, tan real por lo menos, como la realidad material y formal, pero que no es ni forma ni materia y de la cual hay que hablar, no obstante, con el único lenguaje que podemos percibir: el sensible. El lenguaje de los mitos es un lenguaje simbólico, esotérico, para quienes no contentándose con la realidad formal, se inicien en el Conocimiento de la Verdad de la Realidad total. Como los cristales de colores de un calidoscopio, las miles de formas creadas por los símbolos de les mitos de todo el mundo son la bella combinación de un pequeño número de arquetipos universales que se mueven en torno a un Centro Único: lo Sagrado. Y solo porque la mayoría de los hombres de nuestra sociedad no han sido iniciados en el camino de la Verdad, dicen que “los dioses”, “los antepasados”, “la serpiente que guarda el Árbol de la Vida”, “los trabajos de Hércules” o “los amores de Krishna” son falsos o no existen; cuando lo que pasa es que desconocen su significado.
Mas, para los pueblos religiosos, el mito era la Historia Verdadera porque habla de la esencia del hombre y del mundo, de dónde viene, a dónde va y cuál es su sentido actual, del Misterio de la Realidad última, de lo Absoluto. Todo esto se expresa de forma velada – se trata de sugerir lo inasible dejándolo inasible – pero mediante las fiestas rituales, la iniciación y la manera de enfocar la propia vida, se hace presente, se intuye, se percibe y se vive. Pues todo este conjunto de mitos, ritos, rezos, formas de vida, etc. Son métodos que colaboran a que la Totalidad se nos haga accesible y podamos percibirla en el Cosmos y en nosotros mismos.
Pero todo esto presupone una inversión total con respecto al sistema de valores actualmente en el poder: lo que para el hombre profano es lo real, esto es, el mundo sensible y material, para el hombre religioso carece por si mismo de importancia pues es sólo el soporte, la potencialidad de aparición y manifestación, el símbolo, de lo que permanece porque es Real siempre ya que es la Verdad, y ve que todo este mundo sensible es perecedero y no tiene realidad por sí mismo sino por participación de la Realidad divina. Y desde esta cosmovisión, los mitos profanos son falsos en la medida en que no captan más que la apariencia de la Realidad y sus ilusiones, deseos y esperanzas son sólo proyecciones de la mente.
El mito profano siente que el hombre carece de algo, pero no consigue percibir lo que es. Lo expresa inconscientemente en sus imágenes, pero no sabe cual es el verdadero sentido de éstas. Y, por esto, cuando alguna de estas imágenes pasan de la utopía a la realidad, lo que se produce es un enorme desengaño, porque lo realizado no es lo que se había imaginado, deseado o esperado. Nuestro mundo puede mejorar y hemos de procurar que así sea. Pero la cristalización de las utopías cae inevitablemente en el sino de nuestro mundo vulgar e imperfecto. Volar, se dice, fue un sueño que se encuentra en muchos mitos de todo el mundo. Pero a la mayoría de los pasajeros que diariamente y por obligación tienen que coger el puente aéreo Madrid-Barcelona, tal vuelo no les debe causar especial contento.
El mito de volar expresa inconscientemente la necesidad de algo que no es precisamente volar. El mito de la fama sugiere algo que no es precisamente la fama. El mito de la sociedad sin clases expresa el deseo de algo que no es exactamente la sociedad sin clases. Todo mito puede degenerar en el más espantoso desvarío si no se tiene en cuenta la necesidad de una iniciación a su verdadero sentido de totalidad participativa en el Cosmos divino, lo que implica un amor total y desinteresado por todos los seres, estén en el nivel que estén. La realización práctica de cualquier utopía suele ser nefasta. La plasmación concreta en el mundo griego del ideal de La República de Platón podría haber sido peor que la ejecución de los ideales nazis en el siglo XX.
Pero cuando volar simboliza elevarse a los estados superiores del ser para abismarse en la Trascendencia, cuando la Gloria es la de lo Absoluto que reina sobre lo relativo, y cuando la igualdad exterior es símbolo del Amor que se expande por todo el Universo, entonces es cuando el mito expresa la Verdad. Entonces ya no es necesario esperar ningún avance técnico, ninguna oportunidad de triunfo o ningún tiempo futuro. El mito sagrado se realiza siempre en el Eterno Presente del Centro, que es el interior del corazón de quien vive su sentido auténtico. Y el rito vivido – no el que sólo repite su apariencia externa sin comprender su sentido - lo plasma para todo el pueblo. Al aprovechar los esquemas e imágenes del mito profano, expone los deseos y sueños de toda la humanidad, pero los encauza hacia su verdadero sentido.
Y cuando se vuelve a la vida cotidiana, algo casi imperceptible ha cambiado. La gente desprende a la vez paz y energía espiritual, mira y ve de otra forma, las cosas se hacen con amor, sin prisas innecesarias. Ciertamente, los hombres continuarán peleando por un terreno rico, los trabajos siguen siendo demasiado pesados y el desaprensivo continua aprovechándose del débil. Pero ahora se sabe por donde hay que empezar: cambiando uno mismo. Y este cambio central irradia sobre el resto del Universo. El Paraíso terrenal continua sin estar a nuestro alcance: lo hemos perdido por nuestra estupidez. Pero lo tendremos mucho más cerca: ¡dentro de nosotros!
M.ª A. García Renau
Artículo publicado en la revista Cielo y Tierra, n.º 13, Invierno 1985-86, volumen 4. páginas 66-70.
La Realidad es algo humanamente incognoscible, inabarcable, misterioso, inasible. Si nosotros conseguimos vivir en esta magma caótica es porque las sociedades en las que nacemos y vivimos dan una visión de la Realidad que intenta ponerle límites a lo ilimitado, ordenar lo desordenado, dar nombre y sentido a lo que no tiene nombre ni sentido, dominar lo incontrolable. Y todo ello lo hace mediante los mitos. Los mitos nos dan una imagen del mundo más o menos coherente y fundamentan los métodos para acceder a la Realidad. De tal forma que hay tantas visiones de la Realidad como métodos para acercarse a ella. La principal condición para que el sistema funcione es que la sociedad crea que los tales mitos no son falsos sino la explicación verdadera de la Realidad con la que uno pueda, como mínimo, ir viviendo y soñando.
Para el mito sagrado, lo importante es relacionar esta parcela de la Realidad más o menos domesticada con la Realidad última del Mundo, con la Verdad. Pero en los mitos profanos actuales, los métodos de acercamiento a la realidad limitada la fragmentan de tal modo que entorpecen enormemente la coexistencia con los otros métodos que facilitan la captación de la Realidad total y de la Verdad absoluta que solo puede llegarnos a través de ella. Por esto, hoy se asegura que nadie tiene derecho a creerse en posesión de la Verdad. Y ciertamente, nadie puede “tomar posesión” de la Verdad pero si tener acceso a ella lo que, con los métodos configurados por los mitos actuales, resulta muy difícil. Nuestro mundo sigue creyendo en mitos pero éstos ya no le acercan a la Verdad, la cual nos queda prácticamente inaccesible.
Ciertamente, uno puede no compartir los mitos actuales. Entonces queda la posibilidad de automarginarse, solo o en pequeños grupos, pues si son pocos y no hacen ruido los dejarán hacer; o puede volverse nihilista, esperan que el fruto madure y caiga del árbol o hacerse cliente del psicólogo. O puede integrarse en movimientos contraculturales que acaben por ingresar en las vitrinas del Museo de Historia de la Cultura, Sección Mitos Contraculturales del siglo XX. Que así es como la cultura de los mitos actualmente en el poder ve la contracultura. Naturalmente, el mito que ahora predomina no se llama a si mismo “mito” sino “ideología” la cual tiene un carácter más pretendidamente científico y menos fantasioso, por lo menos formalmente. Toda ideología es una visión tergiversada, deformante y totalizadora de la realidad. Dentro del complejo actual hay variantes más o menos considerables de formas con un mismo contenido: con unos pocos cristales, siempre los mismos, un calidoscopio da una indefinida variedad de figuras y, como en el calidoscopio – como en todo fenómeno – la “oposición” no sólo es posible sino necesaria e imprescindible. Los antagonismos de las ideologías, por reales que sean, no deben hacernos olvidar que son la otra cara de la misma realidad.
¿Qué es lo real para este mito tan ext4endido actualmente? Lo real por excelencia es aquello que es empíricamente comprobable y demostrable. Esta es una definición simple de este enorme mito moderno llamado cientifismo. Y esto explica, por ejemplo, que la única realidad de la belleza sea la reacción de las neuronas cerebrales del sujeto que la capta; y como no todos los sujetos tienen las mismas reacciones, para esta concepción de la realidad, la belleza aparece reducida a ser un problema de gustos, de psicología individual o colectiva, de opinión, creencias o influencias ideológicas, es decir, nada real. Las ideologías en lucha por el poder usarán de la belleza, se crearán mitos sobre ésta. Pero su única realidad será la de su uso y sus métodos. En si misma, la belleza no será concebido como algo real.
El mito, todo mito, se mueve en una doble alternativa. Por un lado, diferencia y clasifica lo que es de lo que no es, es decir, lo que tiene valor de lo que no lo tiene; por otro establece la distinción entre lo que es pero no debería y lo que debería de ser y no es. En el ensamblaje de esta doble alternativa de sistema de valores radica su sentido. Porque todo mito dice que realmente “es”, no lo que es realmente sino lo que debería de ser. Y aquí es donde se establece la abismal diferencia entre nuestros mitos profanos que se desarrollan en Europa a partir del Renacimiento y el mito sacro-religioso. Los dos tipos de mitos pueden parecer similares en el segundo binomio: ambos constatan la tensión existente entre lo que el mundo es fácticamente – nada, sufrimiento, finitud, muerte, miseria, pecado, vulgaridad – y lo que debería ser – Ser, Felicidad, Eternidad, Vida, Abundancia, Perfección, Belleza – En cambio, como la concepción del primer binomio es radicalmente distinta, pues lo que es relativo o ilusión y lo que es absolutamente real se oponen en las dos concepciones, también lo que debe ser es radicalmente distinta entre ambas.
Con todo lo expuesto, se puede comprender lo que se entiende vulgarmente por mito. Consiste en aquello que nosotros vemos que no es ni puede ser real, pero que otros grupos de personas, engañados por su defectuosa percepción de la realidad o por sus deseos, creen, equivocadamente, que es real. Así, el mito materialista, en una de sus variantes del siglo XIX, al pronunciar la frase “la religión es el opio del pueblo” expresaba la creencia de que, en realidad, era un mito fruto del mísero estado en que se encontraba la sociedad por causa de la injusta distribución de los bienes materiales y que, por tanto, al desaparecer esta injusticia, desaparecería también la religión. Así el mito del Paraíso celeste y espiritual quedaba substituido por el mito del Paraíso terrestre y material.
De hecho, un esquema del mito en algún aspecto similar a éste ya había sido expuesto por ciertos apologetas cristianos contra las religiones que consideraban paganas: éstas, decían, no son más que mitos, creencias absurdas y falsas. Esta definición del mito es distinta de la del materialismo pretendidamente “científico” para el que el mito cristiano era falso pero no absurdo, Pues tenía un motivo que explicaba su existencia. Y ésta es también la actitud que generalmente se tiene sobre el mito en general, por ejemplo, sobre los mitos arcaicos. E igualmente, para el hombre religioso actual, el materialismo es falso pero no absurdo.
Por supuesto, dentro de la sociedad profana contemporánea se dan otros mitos que solamente voy a nombrar pero que, no por casualidad, lo haré a pares. El progresismo y el conservadurismo, el de los multimillonarios y el pauperismo, el realismo y el idealismo, el anarquismo y el estatalismo, el nacionalismo y el universalismo, el tecnicismo y el ecologismo, el de la fama personal y el de la gran masa popular, etc. Ninguno de estos mitos profanos es totalmente absurdo o falso porque todos tienen una pequeña parte de verdad y, sobre todo, todos tienen motivos históricos para autojustificarse. En líneas generales, su error está en el “ismo” esto es, en haber hipervalorado una parte o un estadio de la Realidad sin llegar a percibir ni su Totalidad ni su Esencia. Desde el punto de vista de los tres grandes monoteísmos abrahámicos, estos mitos caen en los dos peores pecados: la idolatría y la prostitución (en el sentido simbólico-real de ambos términos). A ninguno de estos mitos le importa la Realidad y su Misterio insondable.
Caso completamente diferente es el del mito sagrado en sus variantes religiosa y metafísica. Después que se ha comprobado su presencia en todas las culturas, ya nadie se atreve a considerarlo absurdo y, dejando de lado ciertas explicaciones pseudocientíficas, se valora, a igual que en el mito profano, el hecho de que sea lo que fundamenta y unifica cualquier orden social existente, así como el de estabilizar el psiquismo individual y colectivo, dar seguridad en las creencias y una explicación del destino actual del hombre y del mundo, de su origen y del camino a seguir. Pero se cree que son falsos porque no se ve que los dioses existan o porque los hechos que narran no ocurrieron, o ocurrieron de una forma más natural y “lógica”. Ya que resulta que los apologetas cristianos o ciertos filósofos escépticos griegos podían ser tan estrechos de miras y más fanáticos que los actuales “científicos”, pero eran más sinceros que estos al decir que los mitos eran absurdos. Pues, como lo demuestran los mitos profanos, para dar una explicación del mundo que aglutine el orden social y dé estabilidad psíquica, no es necesario en modo alguno el lenguaje tan maravilloso y fantástico como absurdo de los mitos sagrados. La explicación del mito sacro-religioso o metafísico es que, si bien en su sentido literal y externo contiene los valores culturales, sociales y psíquicos antes mencionados, su esencia y su razón de ser última está en sugerirnos la Realidad Total, incluida esta Realidad, tan real por lo menos, como la realidad material y formal, pero que no es ni forma ni materia y de la cual hay que hablar, no obstante, con el único lenguaje que podemos percibir: el sensible. El lenguaje de los mitos es un lenguaje simbólico, esotérico, para quienes no contentándose con la realidad formal, se inicien en el Conocimiento de la Verdad de la Realidad total. Como los cristales de colores de un calidoscopio, las miles de formas creadas por los símbolos de les mitos de todo el mundo son la bella combinación de un pequeño número de arquetipos universales que se mueven en torno a un Centro Único: lo Sagrado. Y solo porque la mayoría de los hombres de nuestra sociedad no han sido iniciados en el camino de la Verdad, dicen que “los dioses”, “los antepasados”, “la serpiente que guarda el Árbol de la Vida”, “los trabajos de Hércules” o “los amores de Krishna” son falsos o no existen; cuando lo que pasa es que desconocen su significado.
Mas, para los pueblos religiosos, el mito era la Historia Verdadera porque habla de la esencia del hombre y del mundo, de dónde viene, a dónde va y cuál es su sentido actual, del Misterio de la Realidad última, de lo Absoluto. Todo esto se expresa de forma velada – se trata de sugerir lo inasible dejándolo inasible – pero mediante las fiestas rituales, la iniciación y la manera de enfocar la propia vida, se hace presente, se intuye, se percibe y se vive. Pues todo este conjunto de mitos, ritos, rezos, formas de vida, etc. Son métodos que colaboran a que la Totalidad se nos haga accesible y podamos percibirla en el Cosmos y en nosotros mismos.
Pero todo esto presupone una inversión total con respecto al sistema de valores actualmente en el poder: lo que para el hombre profano es lo real, esto es, el mundo sensible y material, para el hombre religioso carece por si mismo de importancia pues es sólo el soporte, la potencialidad de aparición y manifestación, el símbolo, de lo que permanece porque es Real siempre ya que es la Verdad, y ve que todo este mundo sensible es perecedero y no tiene realidad por sí mismo sino por participación de la Realidad divina. Y desde esta cosmovisión, los mitos profanos son falsos en la medida en que no captan más que la apariencia de la Realidad y sus ilusiones, deseos y esperanzas son sólo proyecciones de la mente.
El mito profano siente que el hombre carece de algo, pero no consigue percibir lo que es. Lo expresa inconscientemente en sus imágenes, pero no sabe cual es el verdadero sentido de éstas. Y, por esto, cuando alguna de estas imágenes pasan de la utopía a la realidad, lo que se produce es un enorme desengaño, porque lo realizado no es lo que se había imaginado, deseado o esperado. Nuestro mundo puede mejorar y hemos de procurar que así sea. Pero la cristalización de las utopías cae inevitablemente en el sino de nuestro mundo vulgar e imperfecto. Volar, se dice, fue un sueño que se encuentra en muchos mitos de todo el mundo. Pero a la mayoría de los pasajeros que diariamente y por obligación tienen que coger el puente aéreo Madrid-Barcelona, tal vuelo no les debe causar especial contento.
El mito de volar expresa inconscientemente la necesidad de algo que no es precisamente volar. El mito de la fama sugiere algo que no es precisamente la fama. El mito de la sociedad sin clases expresa el deseo de algo que no es exactamente la sociedad sin clases. Todo mito puede degenerar en el más espantoso desvarío si no se tiene en cuenta la necesidad de una iniciación a su verdadero sentido de totalidad participativa en el Cosmos divino, lo que implica un amor total y desinteresado por todos los seres, estén en el nivel que estén. La realización práctica de cualquier utopía suele ser nefasta. La plasmación concreta en el mundo griego del ideal de La República de Platón podría haber sido peor que la ejecución de los ideales nazis en el siglo XX.
Pero cuando volar simboliza elevarse a los estados superiores del ser para abismarse en la Trascendencia, cuando la Gloria es la de lo Absoluto que reina sobre lo relativo, y cuando la igualdad exterior es símbolo del Amor que se expande por todo el Universo, entonces es cuando el mito expresa la Verdad. Entonces ya no es necesario esperar ningún avance técnico, ninguna oportunidad de triunfo o ningún tiempo futuro. El mito sagrado se realiza siempre en el Eterno Presente del Centro, que es el interior del corazón de quien vive su sentido auténtico. Y el rito vivido – no el que sólo repite su apariencia externa sin comprender su sentido - lo plasma para todo el pueblo. Al aprovechar los esquemas e imágenes del mito profano, expone los deseos y sueños de toda la humanidad, pero los encauza hacia su verdadero sentido.
Y cuando se vuelve a la vida cotidiana, algo casi imperceptible ha cambiado. La gente desprende a la vez paz y energía espiritual, mira y ve de otra forma, las cosas se hacen con amor, sin prisas innecesarias. Ciertamente, los hombres continuarán peleando por un terreno rico, los trabajos siguen siendo demasiado pesados y el desaprensivo continua aprovechándose del débil. Pero ahora se sabe por donde hay que empezar: cambiando uno mismo. Y este cambio central irradia sobre el resto del Universo. El Paraíso terrenal continua sin estar a nuestro alcance: lo hemos perdido por nuestra estupidez. Pero lo tendremos mucho más cerca: ¡dentro de nosotros!
M.ª A. García Renau
Artículo publicado en la revista Cielo y Tierra, n.º 13, Invierno 1985-86, volumen 4. páginas 66-70.
